jueves, 7 de junio de 2012

Mascaras

Despierto sobresaltado, sudor frio se pega a mi cien. El vuelo del ave avispando sentidos, recorre la senda de mis dedos cansados; la sal en mis mares quema retinas de tiempos mejores. La locura entre mascaras dispara realidades que hasta hace poco permanecían dormidas, latentes ante la expectación de un mundo de notable belleza. Se encierra el rumor de perros prohibidos que al igual que yo, han olvidado ladrar por el viento y no por sentirse amados. Recuerdo mis patas entre charcos de lodo al tiempo en que gotas de noche bañaban mis dudas. Y entonces recuerdo, recién despierto y estoy solo, mi mente intranquila me juega y me advierte que mascara sobre mascara he sembrado verdades aladas al sentirme libre, real y sincero; que son mascaras aquellas facetas de visiones nocturnas donde lunas y nubes voltean hacia mí en señal de saludo; son mascaras aquellas virtudes que he dado de vida en el afán de ser cualquiera de ellos, cualquier perro/humano que se sienta capaz de morderse la cola. Y es que reviento la huella de mis huellas roídas, buscando con la mirada el sendero de mí andar; y es que muestro colmillos y heridas a la mano amigable que me da de comer. Recuerdo y revivo pero no pasa nada. Ha de ser tarde y yo sigo quieto, pensando, respirando en días, creciendo en cortezas, sabiéndome dueño y señor de la nada que ahora comparto con todos y que hace poco me alcanzaba al final de una oración. ¿Qué hacer? ¿A quién servir? ¿Para qué leer si he de perderlo todo en el mar de la cultura? Porque así será, así terminará la obra inconclusa de dejarlo todo, de olvidarme en mascaras sobre mascaras que vetan y señalan posturas ajenas donde el agua es recipiente y la sed es un lujo. Quiero que pare, que se detenga, que se destruya el querer serlo todo y el concebirlo así; como un árbol, como un hijo y como un libro, presa ya de la frase que me ha marcado el cómo vivir. Amo voltear las entrañas y mostrarme sin miedo, amo pintar sobre dioses y limitaciones y extremos donde es el ser hombre, el humano perfecto; hasta que me canso, hasta que corro y tiemblo demostrando dramáticamente lo frágil de mis trazos sobre cal. Y aun así no veo, mis cuencas se cosen, mis ojos dilatan y tuercen la imagen que proyecta la luz. Me siento cansado, quisiera saberme completo e incompleto, tanto o más como saberme odiado y amado por ser diferente al resto siendo igual que ellos. Aun con todo sigo al pie de la cama, esperando, expectando el mismo destino en el que no creo; sigo pensándome libre, pensando en mis fallas mientras escribo y escribo por no pensar más en algo que no tenga sentido para mí y para los míos. Hablar de ciudades ha pasado de moda, al menos dentro de mí, dentro de mi ser cambiante que queda y ruega y gime entre sollozos de aquellas personas que no son más yo. Entonces lo siento, rubor en mejillas, calor entre carne; todo se entrega al delirio de la paz inicua. Sería demasiado revolverme entre palmas y arbustos; sería demasiado objetarme cansado y ansioso por jugar con la vida. Y de pronto/de repente explota, se inventa, se descontrola la necesidad de escribir un poco más de mis primeras líneas, de esa presión sin forma que aparece justo al centro entre mi soledad y mi pecho.

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